Día de visitas
Jaime Collyer (Chileno)
Nadie de mi familia parecía demasiado interesado en mi caso, desde que hice mi arribo al lugar con las formalidades de rigor, una fotografía de frente, o poco menos, mi nombre y mi libertad. No me quejo; si un día resolví participar en la fabricación casera de billetes, el “negocio redondo” con que Fabrizio nos prometía a todos el paraíso, es cosa mía: no voy a justificarme de nuevo, como lo hice a brazo partido ante el juez, ni menos responsabilizar a la parentela. El empedrado hogareño era de lo mejor, si el hijo resultó irremediablemente cojo eso es cuento aparte. Con tu presencia insustituible en el presidio el día de visitas, comprendí de todas formas que no era indispensable andar con los bolsillos repletos de dinero –menos el dinero impreso en la casa de Fabrizio-, a cambio de quedarse aquí , tras los barrotes, durante casi diez años.
Te veo ahora de nuevo, embargada de ese aire adolescente que ya entonces anunciaba su repliegue: una niña obligada a crecer sin previo aviso, porque Salazar, tu novio, acababa de sorprenderlos a todos con la graciosa ocurrencia de encañonar a un recto ciudadano en un callejón de la ciudad, circunstancia en que la policía había tenido, a su vez, la graciosa ocurrencia de sorprenderlo a él. Se veía en tu cara que deseabas salir corriendo de allí, para nunca más bailar al compás de un tipo que cierto día faltó a la cita programada, cuando pensabas que todo iba de lo mejor entre ustedes. Hasta que alguien trajo a casa el periódico y ahí venía todo con pelos y señales, tu arbitrario Romeo en la página de sucesos policiales, Salazar con el rostro ojeroso, demacrado en las fotografías, y yo te lo dije, hija, ese rufián no te convenía, una madre nunca se equivoca.
Una semana después estabas frente a la prisión (qué iba a decir mamá), esperando a que dieran las cuatro para rescatarlos, al rufián, de las sombras, ese jueves memorable en que te decidiste a integrar el grupo de visitas. Yo estoy en la celda del torreón, una de las que mira a la plazoleta, desde la cual asistí complacido a tu nacimiento en la avenida conducente al penal, a tu rostro pálido y agobiado, discernible entre el gentío y las demás visitante.
A los que no teníamos vista se nos permitía quedarnos en las dependencias adyacentes al galpón donde se reúnen los presos y sus familiares. Allí permanecía todos los jueves, pegado a una de las puertas de acceso, a cierta distancia del rincón donde se refugiaban tú y Salazar a conversar. Desde allí te observaba de reojo, fumando un cigarrillo tras otro, atento a tus manos delicadas, que Salazar acariciaba con nostalgia. De vez en cuando mirabas hacia donde yo me hallaba apoyado, lo recuerdo bien, pero yo extraviaba la mirada en algún punto del patio, por eso del pudor.
La vida transcurre con parsimonia en la prisión. A poco andar, comencé a vivir para el día de visitas, como Salazar, aferrándome a la idea de que algo sabías de mí, el tipo encerrado para siempre, o casi, en la celda del torreón. Ya al momento en que acepté unirme a los bajos fondos –por culpa de Fabrizio y sus geniales propuestas- , intuía que el asunto acabaría mal, presentía los barrotes, la soledad del torreón, esta vida restringida a cuatro paredes insalubres, todo a cambio de vagar durante algún tiempo por la ciudad con la sonrisa desleal de un millonario.
No podía durar indefinidamente. No hay plazo que no se cumpla, dicen, y es verdad. Un día le ocurrió a Salazar, que apareció corriendo por el patio a la hora en que estirábamos allí las piernas, su rostro desencajado de alegría.
-¡Me voy! –gritó, yendo hasta nosotros-. ¡Me han aceptado la petición!
-¿Cuándo? –pregunté con fingido entusiasmo.
-El miércoles.
Era el día previo a las visitas.
Pasé la semana entera buscando alguna alternativa, pero no la había. Consideré incluso la posibilidad de sincerarme con Salazar y suplicarle que al menos se quedara hasta el jueves, pero no tenía caso, no hay petición capaz de retener a un hombre entre los barrotes una vez cumplida la sentencia, y el miércoles al amanecer Heriberto Salazar abandonó el penal, llevándose consigo la afortunada posibilidad de verte por última vez, sólo una más.
Al día siguiente, el jueves, me sorprendí de nuevo apoyado contra los barrotes, mirando a la plaza. Las mujeres estaban allí desde hacía una hora. A las cuatro en punto cogieron sus bártulos y se dirigieron a la entrada para la revisión. Contemplé desolado la avenida conducente a la prisión, la arboleda, a un grupo de muchachitos jugando a algo indiscernible en la distancia y me abandoné luego en la litera, dando cuenta de los últimos cigarrillos.
Segundos después oí el taconeo marcial de un guardia en el pasillo, lo vi detenerse en el umbral de mi celda.
-¡Al galpón, Jorquera! –me ordenó-. Tienes visita.
No sé bien cómo llegué abajo, tan sólo que fue en tiempo récord y que lloré un poco entre tus manos, en una esquina del mesón, como un niño de pecho.
En cuanto a Salazar, ya lo dijo tu madre, ese tipo no te convenía. Y una madre jamás se equivoca.